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El Futuro vital

Autor: María Dolores Azaustre Garrido

Publicado en la Revista Abogados de Familia n.º 76, Junio 2015

El pasado 23 de mayo de 2.015 nos sorprendía la triste noticia del fallecimiento de John Nash, el matemático estadounidense que recibió el Premio Nobel de Economía en 1.994 por sus aportes a la teoría de los juegos y los procesos de negociación. Tras toda una vida luchando contra su enfermedad de esquizofrenia, falleció a los 86 años junto a su esposa en un accidente de tráfico, cuando viajaban en un taxi que intentaba adelantar a otro vehículo. El destino.

Todos recordamos al profesor Nash pues su vida fue llevada al cine en la película Una mente maravillosa, protagonizada por Russell Crowe, y ganadora de cuatro Óscar.

Nash buscaba una idea realmente original para su tesis del doctorado, y le llegó la inspiración en el momento más inesperado, cuando él y sus compañeros discutían la forma de abordar a un grupo de chicas en el bar de estudiantes. Uno de sus compañeros, citando a Adam Smith, abogó por la teoría del “sálvese quien pueda” (“en la competencia, la acción individual sirve al bien común”), a lo que Nash replicó que esa idea era errónea o incompleta, ya que “el mejor resultado es producto de que cada uno del grupo haga lo mejor para sí mismo y para el grupo”. Si todos decidían conquistar a las chicas en una estrategia inteligente, de manera que todos salieran beneficiados, las posibilidades de éxito de cada uno de los integrantes del grupo eran mucho más altas. Con esta teoría, de que un enfoque cooperativo puede conducir a mejores posibilidades de éxito, surgió la “Teoría del equilibrio de Nash”, que ha sido aplicada en diferentes estrategias de negocio para maximizar las ganancias y minimizar las pérdidas.  Su contribución ha sido fundamental en varios campos de la ciencia, incluyendo las negociaciones comerciales globales y las relaciones humanas. También aplicó a su propia vida la teoría de que “todo problema tiene una solución”: llegó a darse cuenta de que sus alucinaciones no eran reales, y decidió resolver por su cuenta su problema psiquiátrico, aprendiendo a vivir con ellas, ignorándolas por completo.

A diario en nuestros avatares de Derecho de Familia nos encontramos conflictos en la que puede ser de gran utilidad la teoría de Nash. Aunque aplicable a muchos otros ámbitos, interesante puede resultar en la resolución de los interminables conflictos para la fijación de la cuantía de la pensión de alimentos de los hijos menores de edad.

Nos estamos encontrando situaciones realmente dramáticas que sitúan a nuestros menores en situación de exclusión social y pobreza. Difícil es, explicarle a alguien que tiene que criar a su hijo con una pensión de alimentos de 150 € al mes, que es el importe generalmente fijado como “mínimo vital” en materia de pensión de alimentos. Más difícil aún es explicarle que, esa pensión de alimentos, ha de entenderse en sentido amplio, es decir, que no hace sólo referencia al concepto estricto de alimentos, sino a todos aquellos otros gastos ordinarios que el menor precisa para su subsistencia (sustento, habitación, vestido y asistencia médica, incluidas la educación e instrucción del alimentista (artículo 142 Cc). Y ya el más difícil todavía, es explicarle que dentro de ese importe, están englobados también los gastos causados al comienzo del curso escolar de cada año (material escolar, libros de texto, etc …), ya que como son periódicos, previsibles, no tienen carácter de extraordinario, sino de ordinarios, por lo que han de entenderse incluidos en la pensión de alimentos –salvo pacto de las partes o pronunciamiento judicial que expresamente diga lo contario.- En este sentido se pronunció el Tribunal Supremo, Sala 1ª, en Sentencia de fecha 15 de octubre de 2.014 (Ponente: Excmo. Sr. D. José Luis Calvo Cabello).

Por otro lado, no podemos obviar que nos encontramos con casi 5,5 millones de personas desempleadas, de los cuales, en el primer trimestre del presente año, 3,8 millones no cobraban ningún tipo de prestación o subsidio (según los datos de la EPA facilitados por el INE). Tras estos datos, también existen situaciones fraudulentas, en las que pese a trabajar en régimen de economía sumergida, se trata de ofrecer una apariencia formal de carencia de recursos que no responde a la realidad.

Hasta ahora, aún en caso de personas desempleadas sin recursos, los Tribunales venían manteniendo el criterio de que era obligada la fijación del “mínimo vital”. Sin embargo, en la Sentencia del Tribunal Supremo de 2 de marzo de 2.015 (Ponente: D. José Antonio Seijas Quintana; nº de recurso: 735/2.014), se ha admitido con criterio restrictivo y temporal, la suspensión de la obligación del pago de alimentos, hasta que el padre obtenga un trabajo remunerado o sea beneficiario de algún tipo de pensión, subsidio o cualesquiera otras prestaciones, momento a partir del cual volverá a reanudarse la pensión. Se trataba de un supuesto de un escenario de absoluta pobreza del progenitor, absolutamente insolvente, que carecía incluso de domicilio y vivía con sus padres. Y entiende el TS que concurría la causa prevista en el artículo 152.2º Cc: esta obligación cesa “Cuando la fortuna del obligado a darlos se hubiere reducido hasta el punto de no poder satisfacerlos sin desatender sus propias necesidades y las de su familia”, que es lo que ocurría en este caso respecto al padre.

Ante estas situaciones, ¿cómo encontrar el equilibrio?. ¿Cuál es el “futuro vital” de los hijos, tanto en los casos que se fija el “mínimo vital”, como en aquellos otros en los que se suspende incluso la obligación de pagar la pensión de alimentos?. Se vislumbra un “futuro vital” realmente duro para muchos menores, hijos de este tiempo de crisis.

Y la solución, desde luego, no está en los Tribunales. Aún en el caso de que se fije una pensión mínima, ¿para qué sirve si no hay voluntad o posibilidad de pagarla, y además el obligado al pago no tiene bienes susceptibles de embargo?. Tampoco ofrece apenas solución el “Fondo de Garantía de Pensiones” creado por la Ley 42/2006, de 28 de diciembre, y regulado por el Real Decreto 1618/2.007, de 7 de diciembre, con la finalidad garantizar a los hijos menores de edad el pago de alimentos reconocidos e impagados establecidos en convenio judicialmente aprobado o en resolución judicial en procesos de separación, divorcio, nulidad, filiación o alimentos, mediante el abono de una cantidad que tendrá la condición de anticipo. La cuantía es de 100 € mensuales por hijo (salvo el improbable caso de que la resolución judicial haya fijado una cantidad inferior, en cuyo caso se abonará el importe fijado en la resolución judicial), por un tiempo máximo de 18 meses, ya sea de forma continua o discontinua. Para poder acceder a ella, este año se exige que los ingresos del hogar no superen 1,5 veces la cuantía anual del IPREM, es decir, 9.489 € al año, aumentando ese coeficiente en un 0,25 por cada hijo. Es incompatible con la percepción de otras prestaciones o ayudas de la misma naturaleza y finalidad reconocidas por las Administraciones Públicas, debiendo optar por una de ellas. Aunque en el año 2.015 el Fondo de Alimentos ha pasado de 40 a 102 millones de euros, todas esas exigencias hacen que sean muy pocas personas las beneficiarias del mismo, ya que cualquier persona que tenga una ayuda económica pública a causa de su precaria situación laboral, supera con creces ese tope máximo de ingresos.

En definitiva, “con estos mimbres, tenemos que hacer el cesto”. Y es harto complicado. Por ello, lo ideal sería tratar de resolver el problema con sentido común. Apelemos a la empatía, tratar de ponernos en el lugar del otro, combinándolo con la teoría del equilibrio de Nash. Esforcémonos por hacer una negociación colaborativa, teniendo la voluntad de encontrar una solución mínimamente satisfactoria para cada una de las partes implicadas, con un interés común, el de los menores. Nuestras estrategias de negociación como abogados tendrán mucha incidencia en la resolución del conflicto, y es un reto hacer ver a nuestros clientes que, aún con posturas o posiciones diferentes, con una negociación creativa, se puede obtener una satisfacción simultánea si de verdad el objetivo común es que los hijos puedan crecer de manera digna.

Aunque siempre decimos que en los procedimientos de familia no gana ni pierde nadie (o que pierden todos), para alcanzar un acuerdo, es importante que las partes sientan que el acuerdo otorga beneficios aceptables para ambos, o mejor dicho, para el interés común de ambos. Negociar no ha de tender a que el otro pierda, sino a buscar una solución integradora que permita superar las diferencias personales de los progenitores, centrada en la asunción de la búsqueda de un interés común. Algunos de los ingredientes son: controlar las emociones, no respondiendo de manera agresiva; dar a la otra parte una pequeña victoria; olvidar criterios de culpabilidad, tratando de barajar parámetros de objetividad e intentar convencer a las partes del alto costo que conlleva avivar la llama del conflicto e incluso saber transmitirles que no serviría para nada en la práctica, a pesar de que se dictara una magnífica resolución judicial.

Seguro que con un poco de comprensión y reflexión, son los menos los que desean que sus hijos sean los nuevos parias de la sociedad. Al final del trayecto, todos miraremos hacia atrás y es importante poder hacerlo con la conciencia tranquila.

John Nash, en 1.994, antes de salir del auditorio de Estocolmo junto a su esposa Alicia, pronunció el siguiente discurso cuando le otorgaron el Premio Nobel de Economía:

¡Gracias! -Siempre he creído en los números. En las ecuaciones y la lógica que llevan a la razón. Pero, después de una vida de búsqueda me digo, ¿Qué es la lógica? ¿Quién decide la razón? He buscado a través de lo físico, lo metafísico, lo delirante, … y vuelta a empezar. Y he hecho el descubrimiento más importante de mi carrera, el más importante de mi vida. Sólo en las misteriosas ecuaciones del amor puede encontrarse alguna lógica. Estoy aquí esta noche gracias a ti. Tú eres mi única razón de ser. Eres todas mis razones. ¡Gracias!”.

Busquemos soluciones sensatas, por el amor, el amor a los hijos, por su futuro vital, porque aquí también es errónea la teoría del “sálvese quien pueda”.

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